miércoles, mayo 14, 2008

Adolfo Abalos



Murió Adolfo Abalos
Hoy me llegó un mail de mi amiga Analía Nocito, una bella cantante y estupenda persona.
Me mandó el texto que les copio más abajo , de otro amigo, gran músico y pianista marplatense, donde cuenta lo que siente frente a esa muerte .

Por mi parte, yo quería homenajearlo contándoles una anécdota, un recuerdo que tengo imborrable en mi mente y mi cuerpo, cuando lo ví por primera vez, tocando después en un asado en la casa de Willy Sotelo, el violinista: Baltasar tenía todavía un mes o mes y medio para salir a este mundo, sin embargo, increíblemente, sus piernitas golpeaban al pulso del bombo, dentro de mi abultada barriga.
Hoy mientras yo buscaba en You Tube algún video para subir al blog, escuchó la chacarera del rancho, se acercó y dijo: ¡Qué grosso! qué buena chacarera...y sus piernas huesudas , largas y flacas, comenzaron a golpear la tierra.

Ahora sí, pues, el texto del amigo Marcelo Sanjurjo :

Murió Adolfo Abalos.

¿Murió Adolfo Abalos?

Su extraordinaria música no resistiría esta introducción tan cursi y ocasional, pero la máquina inexplicable en la que escribo resiste eso y mucho más. La computadora es un objeto verdaderamente inanimado, un no-objeto, más allá de sus fulgores y artimañas. En estas máquinas se habla raro, se confunde a un desconocido con un amigo, “te quiero” se escribe con K, etc.

Los pianos, a simple vista, también son objetos inanimados. Son decoración pretenciosa para el potentado con reminiscencias sensibles; un mueble adonde apoyar viejas fotos familiares; un objeto enorme recibido en la repartija voraz de lo heredado; una maquinaria asombrosa digna de la ingeniería más sutil; todo eso y más.

Los pianos son lo que uno quiere que sean.
Y como instrumento, son la perfección, origen y destino de la construcción musical.
Son también, cómo no, exacerbado amplificador de lo burdo, de lo ampuloso, de lo ordinario.
Da cierto status tocar el piano, no importa cómo.

Un viejo piano –alemán de nacimiento y santiagueño por adopción- eligió a Adolfo hace ya mas de ochenta y cinco años para que él fuese instrumento, para que cante a teclado en cuello zambas, vidalas, chacareras, gatos, tangos y chamamés, y los esparza por su casa, su ciudad, su provincia, su país, su mundo entero.

Y Adolfo vivió un manso romance con el piano. Lo cuidó, lo respetó, le dio hijos y nietos. Y el piano agradeció en silencio, lo siguió y acompañó toda la vida. Adolfo le daba de comer en la boca, lo acariciaba, lo mimaba, y ya sabemos que en esas circunstancias, todos mostramos nuestra mejor versión, incluso los pianos.

Cuando Adolfo no tocaba, y otras manos se posaban sobre el teclado, generalmente el piano se quejaba. Se quejaba como lo hacen los pianos, emitiendo sonidos pobres, recurrentes, previsibles, prescindibles. Y era entonces que Adolfo volvía a poner las cosas en orden. A tocar lo que hay que tocar y, especialmente, a no tocar lo que no.

Él también, como su amigo Yupanqui, más que música estudió silencio.

Él nació, vivió y murió rodeado de músicas exquisitas, propias y ajenas, sin conceder un milímetro a la ordinariez peñera ni a la pretensión académica, facciones para las que resultó siempre un sospechoso.

Fue - es - raíz y cielo, tierra y asfalto, carro y carga de una memoria artística inoxidable, de una patria musical sencilla y sentida.

Una multitud de pañuelos lo celebra por el aire, una multitud de pies lo danza, un pueblo lo canta a contramano del mercado y lo musicalmente autorizado. Allá van el albañil, el arquitecto, el desocupado, la enfermera, el juez y el presidiario; allá van, digo, silbando Nostalgias Santiagueñas, la Chacarera del Rancho, el Carnavalito Quebradero, Agitando Pañuelos y La de los Angelitos.

Este país debiera ser hoy un tornado de silbos, un canto certero, una niñera que acaricie la tapa del viejo piano mientras le miente al oído:”…Adolfo fue a visitar a sus hermanos…ya viene…” Como el gordo Pichuco, siempre está volviendo.

¿Adolfo Abalos ha muerto? Ni se les ocurra. Simplemente se oye a un piano llorar, y eso sucede cuando extrañan.

Por más inanimados que parezcan.

Marcelo Sanjurjo

3 comentarios:

Anónimo dijo...

extraordinaria la anècdota. Asì era el viejo. Un grosso de verdad. Te mando un beso. Marcelo

VALDI dijo...

Ahora las palabras agradecen, aporreando y lustrando el sonido de un piano, regalando la suma de un arte. Por vivirlo, no más. Sacha musiquero Adolfo Avalos.

Diana Laurencich dijo...

me encantó la foto con el rato P, gracias por el comentario.